• Enrico Cargnino

Eduardo Aguilar y los artistas que evoca


Al igual que todos los artistas que tienen un espíritu y técnica de carácter colorista, el artista panameño Eduardo Manuel Aguilar Cedeño sin duda alguna encaja dentro de este grupo. En su obra existe y se percibe fuertemente un largo camino de búsqueda artística, la cual es catalizada por un innato y evidente impulso primordial que lo lleva a investigar y a explorar constantemente los secretos de la luz, los cuales el artista encuentra en su entorno cotidiano.

Es una luz que él siente profundamente dentro de sí, y que vuelve a encontrar continuamente cuando trabaja en su paleta de colores. Aguilar es un entusiasta de la luz y un investigador de un espíritu libre, el cual está en una búsqueda constante de algo nuevo por ver y entender.

Su mirada se ve atraída por todo lo que es fuertemente vital y panteístico. Por ejemplo, una naturaleza que se expande sin parar en su juego espiritual del nacimiento y la muerte. O un bosque enriquecido de sombras y de reflejos que se transparentan entre los árboles, proporcionando enfoques que se pueden ver en los verdes tímbricos o saturados que se encastran entre los castaños claros y aquellos oscuros quemados del sol.

Su obra pictórica se presenta como un juego de articulaciones y de amplios espacios que él predispone en su tela, creando un diseño preparatorio donde se debe lleva a cabo un encuentro entre su imaginación y los colores que ha descubierto en su paleta.

En el ojo un poco distraído y crítico del espectador actual su obra, a primera vista, puede ciertamente recordar algunas similitudes con su amigo e inspirador Raúl Vásquez Sáez, reconocido como el precursor de la hoy conocida Escuela de Azuero; pero las similitudes que se pueden encontrar se limitan a algunos de sus personajes, a ciertas figuras femeninas y también en algunas formas de composición. El trabajo de Aguilar está separado del de su maestro ya que a diferencia de Vázquez, para Aguilar la luz es una luz única porque trabaja continuamente en la búsqueda de un color personal, un poco a la manera de Ives Klein “Internacional Klein Blue”; a pesar de que este color nunca se produjo, es conocido en el mundo de las artes.

En la obra de Aguilar, su búsqueda muy personal tiene todo el perfume y el sabor de la mejor pintura Latinoamericana de hoy. Y siendo más analíticos y atentos a la historia del arte, las referencias que él hace a otros grandes pintores son constantes, debido a que los maestros del pasado siempre han influenciado a todas las futuras generaciones y a artistas destacados como es él.

Uno de ellos es el mexicano Rufino Tamayo, un gran protagonista del arte del siglo XX que con su atmósfera y personajes ha hecho una importante contribución al arte latinoamericano. También se encuentran ecos de Roberto Matta, pintor chileno que tal vez fue el más grande pintor abstracto y surrealista de la región durante el siglo pasado con su morfologismo psicológico, el cual poseía una visión extrema del color y una composición arquitectónica innovadora. Si vamos más atrás en la historia también vemos trazos de Joaquín Torres García, pintor y empresario Uruguayo que trabajó en un nuevo tipo de simbología, y que posteriormente se convirtió en un modelo y sello para toda la pintura moderna de América Central.

En resumen, en los pintores de la talla de Aguilar las raíces son profundas, y su nuevo trabajo es un claro testimonio de un artista completo, inclusive desde el punto de vista cultural. Al haber tenido la oportunidad de dialogar con él y saber cómo surgen o se desvanecen sus personajes en la tela, además del continuo hacinamiento con el cual llenan su escena compositiva, uno no puede evitar en pensar en ciertas atmósferas pictóricas creadas en el pasado, o evocar emociones revividas de cuando uno apreciaba a grandes como El Bosco, cuyo trabajo hoy tiene más de 500 años.

Los dos círculos de los ojos fijados entre dos semi arcos puestos en modo horizontal, definen y establecen la parte central de esta obra, dejando a la libre interpretación de identificar (talvés un par) de “Ramphastos toco” que se esconde entre los reflejos de la pintura.

En esta obra, el artista encuentra el modo de celebrar la belleza de este maravilloso pájaro, poniéndolo en la eterna pregunta profana de averiguar donde realmente es el paraíso.

Entonces ¿dónde está el paraíso para este artista?

El paraíso si encuentra en su obra, donde cada criatura viene consagrada y enalzada como una divinidad, porque está revestida de luz pictórica.

Esta obra que no tiene título, nos recuerda un poco a lo que dijo el artista griego Jannis Kounellis de su obra: “En mi obra todos los trabajos no tienen título, porque sólo representan mi desarrollo artístico y nada más tengo que decir através de esta”.

Así también en esta obra de Aguilar, pone al desnudo el trazo de su leguaje pictórico de orígenes de luz, colores, líneas, signos y códigos de su mundo fantastico.

Nada como en esta obra que se concibe sólo por el placer de pintar… El artista se encierra en sí mismo y se entrega al automatismo psíquico puro…no se plantea preguntas, o interrogativas, solo deja que el sueño recorra dulcemente entre su mente, su mano y su tela.

Cortejando el deseo, es una obra que trata sobre el tema de la pasión de la simbología erotica como podemos encontrar, en algunas obras del período del pleno Romanticismo Inglés, en artistas de la talla de William Blake. Pero Aguilar trata del tema en clave moderna y después de dividir el espacio arquitectónico en 3 partes, la carga de los elementos con una sobraposición continua de encajes de las formas una encima de otra, llevando el espacio pictórico a una tensión extrema dada también de la elección de los colores contrastantes.

Una figura animal que se desliza entre las hojas, es sin duda la llave simbólica del concepto del deseo y del cortejo que tanto se comunican entre sí siempre en estrecha relación con la naturaleza, un tema predilecto del artista.

El bosque madurado no es un bosque cualquiera, es un lugar donde se pueden vislumbrar plantas de todas las especies y animales salvajes que viven libremente como todos nosotros podríamos imaginar, es más bien un lugar en la memoria del artista, donde encuentra a través de su pintura un paisaje hecho de luz viva que se enciende y se auto regenera en su perfección. Es el lugar de la memoria donde todo es encanto y belleza.

En esta obra el artista empuja su imaginación más allás de las líneas clásica de su lenguaje, de echo, el bosque no es un bosque maduro y viejo… sino maduro, sabio e iluminado.

Un pájaro, de la figura que es visible en el fondo de las ilustraciones, las luces que rebotan continuamente de un espacio a otro, y que el título que en la plena simbología biblica con la figura de EVA que se mueve en una osmosis con la naturaleza.

Incluso en esta obra Aguilar, saca toda su sensibilidad, demostrándonos de haber asimilado la lección de Paul Klee, revizándol con su dote de visionario pictórico, en las luces tímbricas y vitales que continuamente mete en escena de sus representaciones.

#EduardoAguilar #EscueladeAzuero

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