• Raúl Altamar Arias

¡No hay nada más panameño que el desayuno chino!


Por más extraño que parezca el título su mensaje es cierto: el desayuno chino se ha convertido en una tradición panameña. Claro que puedes comer dim sum en cualquier parte del mundo, gracias a que los inmigrantes de cantón que inventaron este concepto de pequeños y variados platillos lo han llevado a todos lados, pero aquí en Panamá ya es una tradición familiar de fin de semana –o de a diario si se tiene el tiempo – que refleja una parte de nuestra única y envidiable diversidad cultural.

El mix

Esto quedó claramente identificado en la reciente muestra titulada “#Panachina”, realizada en el Museo de Arte Contemporáneo (MAC) entre agosto y octubre de 2016. En ella, seis artistas descendientes de chinos panameños crearon obras en diferentes medios que expresaban, de una manera personal, la profunda conexión entre China y Panamá. Había esculturas hechas con fichas de mahjong, un anaquel repleto de botellas alternadas de salsa china y kétchup, retratos psicodélicos audiovisuales de antepasados y una escultura tubular amarilla y roja sobre un fondo reflector; otra instalación que llamó la atención de los miles de espectadores que visitaron la exposición, quizás por ser la más familiar para todos, era el montaje sobre una pared de una mesa giratoria como la de los restaurantes orientales, la cual estaba dispuesta con delicias chinas como chow mein, rollos primavera y arroz frito. Un par de ham paos o siu mais hubieran encajado perfectamente.

La mayoría de los artistas participantes ya eran conocidos por poseer un estilo particular, y sólo en este caso se pusieron de acuerdo para usar su ascendencia cultural como concepto común. El punto es que antes de ser artistas descendientes de chinos, ellos ya eran considerados artistas panameños, y el hecho de que el principal espacio para arte contemporáneo del país haya considerado relevante el resaltar este fenómeno socio cultural dice mucho sobre la diversidad panameña.

Así como la comunidad chino-panameña se ha integrado al todo de nuestra sociedad, y lo resalta con orgullo y creatividad en la muestra del MAC, otros eventos se han ido estableciendo en años recientes con el objetivo de resaltar los aportes culturales de cada grupo.

La Feria Afroantillana, celebrada alrededor del mes de la etnia negra en mayo en el centro de convenciones Atlapa, atrae a público de todos los colores por sus adoradas manifestaciones, ya sea el ritmo de los combos nacionales con la música de The Beachers, el sabor del caribe con el pescado frito y las torrejitas de bacalao, o por las múltiples expresiones artísticas que esta cultura ofrece. Otra de ellas es literatura sobre su historia, y libros como “The Dictionary of Panamanian English”, sobre las expresiones afroantillanas en inglés y patois que hasta hoy prevalecen en el hablar del panameño común, son un ejemplo de cómo su presencia ha influido en el día al día.

Festival de Arte Dule es otro evento importante. Las comunidades originarias del país (Gunas, Ngabes) desde hace cinco años, se toman el Centro de Convenciones de Ciudad del Saber para compartir, apreciar y promover las manifestaciones culturales de sus pueblos. Artesanías, danzas, comidas y artes plásticas son parte de su oferta, la cual crece año tras año. Muchas de los visitantes terminan sorprendidos por el alcance y talento que muestran estos artistas.

En el interior del país reina el folklore, y sea el Festival de la Mejorana o el del Manito Ocueño, todas esas tradiciones siguen vivas y coleando, atrayendo tanto a capitalinos como a turistas internacionales que aprecian estas costumbres por su riqueza y originalidad. Y esa originalidad está basada en su adaptación local, en como los campesinos mestizos tomaron lo español colonial y lo hicieron suyo en la campiña panameña de Los Santos, Coclé, Herrera o Veraguas.

Y es importante mencionar el fenómeno zoneíta. La ex zona del canal, ubicada en segmentos importantes de las provincias de Panamá y Colón, está siendo asimilada poco a poco como el patrimonio cultural y humano de Panamá que es. La arquitectura de casas y edificios de antiguas bases y poblados como Clayton, Howard y Gamboa, además de todo el complejo en Ancón alrededor del Administration Building, no existe en ningún otro lado, y es digna de conservación, preservación y admiración. Partes importantes de la identidad zonian, como los cayucos y la carrera de océano a océano o las obras en el Teatro Guild, ya forman parte de la cultura capitalina.

Este es un artículo sobre la diversidad cultural panameña, y estos eventos, cada vez mejor organizados y promovidos, atraen a más y más personas que van más allá de los miembros las comunidades que los organizan, apelando al hecho de que todo esto es representativo de Panamá y su cultura. Lo chino, lo afro, lo indígena, lo mestizo y lo zoneíta son parte del ADN panameño.

El re-mix

A principios de 2016 un poco de esta realidad se manifestó alegremente en la costa chilena. El ganador en la categoría de folklore del renombrado Festival Internacional de Vinal del Mar fue Afrodisíaco, un conjunto panameño cuya música, letras y presentación son como una amalgama moderna de elementos tradicionales panameños: dos mujeres cantantes afro-descendientes llenas de pasión y excelentes voces acompañadas de músicos con tamboritos, mejoranas e instrumentos convencionales tocando canciones que describen el sonido de Panamá. Sus composiciones son parte música folklórica, parte pop, con elementos de hip hop y jazz que podrían encajarlos en la categoría del World Music.

Osvaldo Ayala hizo algo similar con sus éxitos más conocidos, reinterpretándolos con músicos internacionales y un sonido innovador, mientras que el cantante de rock Cienfue nunca duda en incluir estilos propios de su país en sus arreglos, con canciones como “La décima tercera”, la cual sonaría perfecta en una junta de embarre o en un festival musical estadounidense.

Los diseñadores de moda panameños ya han tomado elementos como la mola guna, la guayabera criolla y la cutarra de cuero azuerense para crear prendas modernas que atraen a gustos sofisticados tanto locales como extranjeros. La Feria de las Artesanías, organizada anualmente por el Ministerio de Comercio e Industrias que regula este oficio, ha tenido controversias en sus últimas exposiciones por mostrar a artesanos que hacen tembleques y prendas para la pollera, el traje nacional de Panamá, en colores y materiales que no son los tradicionales. Los artesanos, motivados por darle un giro diferente –más innovador quizás –a estos iconos del país, fueron atacados por sus colegas más conservadores por romper con la tradición.

Estas representaciones reflejan al Panamá contemporáneo, tratando de re-encontrarse con lo propio pero dándole un giro moderno que mejor lo proyecte al mundo de hoy. Socavarlas sólo por aferrarse a lo que siempre ha existido nos atrasa a todos, poniéndonos en desventaja ante países que ya han pasado por este proceso de evolución cultural.

Pintando a su país

Las obras de las docenas de pintores y artistas plásticos panameños sirven como una radiografía creativa de lo que hace especial y diferente a Panamá. Contamos con acuarelistas (Roberto Vergara, Jorge March, Arcesio Guardia) que retratan con la magia de su medio predilecto escenas típicas del país, sea un paisaje de la Catedral Metropolitana en Casco Antiguo o una imagen costumbrista de una pareja bailando El Punto; tenemos artistas más contemporáneos, como Arístides Ureña Ramos, Radamés Pinzón, Rolo de Sedas y Mario Saldaña, quienes toman elementos propios de nuestra cultura, los tamizan con su estética personal y los reinventan como algo nuevo. Nuestra flora y fauna inspiran a paisajistas como Alexis Benalcazar, Elpidio Mendoza, Ricardo Sánchez Beitía y el zoneíta Matthew Tomlet, al igual que a pintores figurativos como Rafael Candanedo y Cheryl Coffre, cuyas obras no podrían haber sido creadas en otro lugar.

Inclusive pintores extranjeros que han hecho carrera en nuestro istmo, como el peruano César Castilla Lino, el ecuatoriano Fernando Toledo y el nicaragüense de nacimiento Mario Calvit, no han podido evitar ser influidos por la riqueza cultural de Panamá, a la cual han incorporado elementos propios de sus lugares de origen, o de los que recorrieron hasta llegar aquí.

Otro movimiento que resalta en la propuesta original de arte panameño es el de la Escuela de Azuero, el cual muestra un estilo de pintura inspirado en la conexión dinámica entre la cultura, las raíces y la personalidad de sus pintores. Y así como Picasso, Rivera y Pollock no decidieron conscientemente el comenzar un nuevo movimiento artístico que los representara (cubismo, muralismo mexicano y expresionismo abstracto respectivamente), Raúl Vásquez Sáez, en vida, no se consideró el líder ni el creador de nada más que de su propio trabajo. Sin embargo, y al igual que los ejemplos anteriores, su carácter y talento inspiraron a muchos que se identificaron con lo que estaba haciendo, y por eso hoy contamos con docenas de artistas cuyas obras son tan personales como panameñas en fondo y forma.

Vásquez viajó por Europa y entendió el clasicismo, luego pasó un tiempo estudiando en México, donde absorbió la manera como Tamayo y sus amigos reflejaban su cultura, y regresó a su tierra con la idea de, al desarrollar su arte, hacerlo de una forma que fuera más suya y diferente. Por eso los artistas de Azuero, como Eduardo Aguilar, Alberto Castillo, Ericson Bermudez y Roosevelt Díaz Arosemena, combinan sus sueños y sus vivencias con la estética de las huacas precolombinas y el ambiente del lugar, que puede ser tanto árido y duro como selvático y sensual.

Este tema da mucha tela para cortar, pero para concluir en esta ocasión, pocos países tienen la suerte de contar con influencias tan diversas como la nuestra, manifestadas con eventos, sonidos, objetos y obras de arte que nos entretienen y elevan. Estas expresiones deben ser apreciadas y compartidas con gusto, porque gracias a ellas somos más humanos, más abiertos y más panameños.

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